«…desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quién vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo, ahora deja hacer y solo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo».

— Juvenal, Sátiras, X, vv. 77–81. Traducción atribuida a Manuel Balasch.

Eran sumisas las cadencias del pueblo político en la Roma del emperador Tiberio. Se miraba al poder como una superestructura —que, anacrónicamente, me permito figurar como una suerte de yo metafísico, situado más allá de los hombres—; es decir, el poder merecía respeto y, para ejercerlo, alguien que pudiera estar a su altura. Cuando Lucio Elio Sejano, prefecto de la Guardia Pretoriana y uno de los hombres más poderosos de Roma, cayó en desgracia en el año 31 d. C., fue despojado del respeto de aquella masa que antes lo veneraba.

El pueblo romano, que alguna vez había ejercido una participación determinante en la vida política, terminó por contemplar desde la distancia las decisiones del poder. La intervención popular perdió su significado.

Décimo Junio Juvenal, poeta satírico romano de finales del siglo I y comienzos del II d. C., describiría décadas después, en su Sátira X, una sociedad que ya no parecía requerir más que pan y juegos de circo para subsistir y desistir finalmente de la participación en la política.

La frase recobra una inquietante vigencia contemporánea y ha sufrido algunas deformaciones convenientes. Por ejemplo; los representantes del poder comprendieron que era posible distraer al pueblo de su miserable realidad material mediante la promesa del pan y el espectáculo.

El caso ecuatoriano

Ecuador ha entregado, como madre que pare y ama sin pretensiones, sus tesoros a los más bastardos piratas. Un poder encarnado en quienes manosean aquella generosidad y utilizan la misma desgracia para perpetuarse. Esta estrategia de conservación del poder se manifiesta en discursos elocuentes que, más que explicar la realidad, buscan exacerbar los deseos más perversos del inconsciente colectivo.

En el país, las condiciones materiales son degradantes. Hay una corrupción sumergida en la política y un avance de los grupos criminales que han infestado la economía y penetrado las instituciones del estado ecuatoriano. La extorsión del crimen, en todas sus facetas, mantiene coaccionada a una población desprotegida; así, resulta comprensible que cualquier enemigo señalado o promesa de algo mejor sea recibido con anhelo. El poder ha capitalizado, como tantas veces, la desgracia.

Sin embargo, en Ecuador existe una fractura particularmente profunda: un quiebre que polarizó al país y que terminó por convertir la política en una disputa de identidades.

La figura de Rafael Correa hirió profundamente la conciencia política del país, y aquella herida aún no sutura. No del todo.

 Su presidencia generó posiciones tan yuxtapuestas que el Ecuador terminó dividido en bandos, y la pertenencia a uno de ellos comenzó a determinar, en buena medida, la manera de interpretar los hechos. (entiéndase esto como determinante para las creencias sobre lo que es verdad o mentira en la política local)

El poder y sus representantes comprendieron aquella fractura. El país quedó atrapado entre dos convicciones aparentemente irreconciliables: Correa es el culpable de todo o, por el contrario, Correa salvó al país y deberá hacerlo de nuevo.

Es tal el enervamiento popular sobre este asunto que el Estado y su sociedad parecen haberse instalado en un circo político donde se enfrentan argumentos que no pretenden comprender al ciudadano que piensa diferente, sino derrotarlo.

Lo curioso es que, mientras se sigue debatiendo el origen del mal, Ecuador parece hundirse en uno de los períodos más tétricos de su historia.

Y, de alguna forma, el pueblo, como en aquella Roma, ha pasado de la participación política activa a la contemplación del espectáculo de aquella dicotomía.

Correa sí. Correa no.

El horizonte difuso

Los algoritmos de las grandes plataformas digitales parecen contribuir a la reproducción de aquella polarización. El mundo atraviesa una suerte de distopía temprana que no termina de revelarse por completo. Las corporaciones tecnológicas compiten por reunir y procesar la mayor cantidad de datos personales, biológicos y sociológicos de la humanidad. Mientras tanto, los grandes emporios concentran una capacidad de influencia que obliga a preguntarse cuánto de la vida pública responde realmente a la voluntad de sus ciudadanos. (En el mercado financiero, por ejemplo)

Pero las condiciones materiales de la gente no cambian por la intensidad de sus disputas.

Mientras se discute sobre Palestina o Israel, en Ecuador continúan cobrándose “vacunas”. Mientras se multiplican las trincheras ideológicas, hay comerciantes que deben pagar para mantener abiertos sus negocios, familias que viven bajo amenaza y ciudadanos cuya libertad se reduce a la posibilidad de sobrevivir un día más.

¿Se cuestionan las capas que entretejen este mundo complejizado?

No.

Se observa y debate únicamente lo superficial.

Resulta incómodo preguntarse, por ejemplo, cómo circulan los capitales del narcotráfico a través del sistema financiero (la banca local), hasta qué punto las redes criminales consiguen penetrar las estructuras del poder, qué intereses internacionales intervienen en las economías latinoamericanas o cómo la creciente disputa mundial por tierras raras, por ejemplo, o por energía para el desarrollo de tecnologías como la inteligencia artificial podrían modificar el destino de nuestros territorios.

Aquello parece importar poco, porque el juego de mesa está ya ordenado. El debate recae sobre si Correa maneja los hilos desde Bélgica o si es perseguido por la derecha más voraz. Y ya ni siquiera parecen importar las realidades fácticas: importa el relato más viral.

En Ecuador, según las cifras oficiales (INEC 2024), las agresiones u homicidios fueron la principal causa de muerte entre niños. Hay desnutrición infantil y cifras alarmantes de criminalidad; la vida parece valer unos pocos dólares.

Parece imposible insertar, en un dolor tan palpable, el interminable debate del correísmo y el anticorreísmo.

Pero Ecuador es un país de imposibles.

Y tal vez lo más desconcertante sea que hemos terminado por discutir con mayor vehemencia quién debe cargar con la culpa que cómo impedir que la desgracia continúe.

Epílogo

No quedará una sola medicina en los hospitales públicos, y el debate radicará en si su ausencia es una herencia del gobierno que pasó o no.

Seguirá muriendo gente por balas perdidas; el narcotráfico seguirá disputándose los puertos y se dirá que las leyes no son lo suficientemente severas. Lo repetirá, probablemente, alguien que nunca ha visto el Código Penal ni a cinco metros de distancia.

Y, mientras tanto, el espectáculo continuará.

Me permito una vulgaridad para expresar lo siguiente: les mearán encima y dirán que llueve, con tal de satisfacer su sed de ver al otro infeliz.

Acá quedarán cenizas y se revolcarán en ellas, porque parece que la obra rompió la cuarta pared desde hace mucho tiempo y hoy nos ha tragado.

Somos parte de una representación que se alimenta de nuestra propia desgracia.

Celebrarán la humillación del otro, aunque les cueste la vida. Aunque les cueste, incluso, la dignidad.

Y así, ni la derecha ni la izquierda podrán ser lo que dicen ser, porque terminarán deformándose para encajar en los estereotipos del odio.

Decían antes que lo que se necesita para gobernar es “pan y circo”. Pero en este país podría no quedar ni una sola migaja de pan y seguiremos alimentándonos del circo, hasta que, sin darnos cuenta, seamos consumidos por nuestra propia histeria.

Y así, también se apague el circo.